domingo, 2 de junio de 2013

Mayor E. A. Burke (Edward Austin Burke)


Firma de E. A. Burke en un billete de loteria del Estado de Luouisiana

Mayor E. A. Burke  (Edward Austin Burke)

Nació el 13 septiembre 1839 en Louisville, Kentucky, de ascendencia irlandesa, fue el primer demócrata en ocupar el cargo de Tesorero del Estado de Louisiana.  Más tarde se asiló en Honduras después que se descubrió que hubo malversación de fondos del Estado de tesorería. En Honduras se convirtió en un terrateniente importante e incursionó en la industria minera en Olancho cerca de los ríos Guayape y Jalan. En Yuscarán adquirió los derechos de la Mina de Monserrat tanto la pequeña como la grande, mina de Guayabillas, minas San Isidro, El Roble, Chimborazo, Platero y  San Juan.

De 1912 a 1926, Burke ocupó varios cargos dentro del Ferrocarril Nacional de Honduras, también conocido como El Ferrocarril Nacional de Honduras, en febrero de 1926  de nuevo en Nueva Orleans logró anular todas sus acusaciones. A pesar de que Burke fue reivindicado, él decidió quedarse en Honduras donde hizo amistad con muchos políticos y gobernantes.  En 1928,  fue el encargado de dar la bienvenida en Tegucigalpa al famoso aviador Charles Lindbergh, que estaba en un vuelo de buena voluntad a través de América Central. Burke había contratado sin saberlo a Lisandro Garay como conductor, con quien realizó el primer viaje en automóvil desde la costa norte a Tegucigalpa cuando aún no había carreteras.

Burke murió el 24 de septiembre de 1928 en el Hotel Ritz de Tegucigalpa (Hoy hotel Prados). Él  murió después de  su esposa Susan Elizabeth (Gaines) que murió el 21 de julio 1916, el único hijo Lindsey, murió en el Estado Libre del Congo (África) dos décadas antes que su padre.
En Yuscarán, Los niños de esa época, ya ancianos hoy como doña Lastenia Rodríguez de Cortés, recuerdan como Burke venía por vía aérea hasta Yuscarán a repartir regalos y dulces a los niños especialmente en navidad.  Burke legó la mitad de sus propiedades a la juventud de Yuscarán, a través del gobierno de Honduras y el resto a sus familiares en EE.UU. Debido a las medidas tomadas por el gobierno de Honduras, sus herederos en los EE.UU. no recibieron nada de la herencia.

Burke pidió ser enterrado en Yuscarán, su lugar de descanso se encuentra en el jardín sur de la iglesia de Yuscarán, de donde hace unos años desapareció la cruz y placa que marcaba su tumba. Excitamos a las autoridades a colocar nuevamente dicha cruz y placa para no olvidar estos extranjeros que marcaron la historia de Yuscarán.

Por Lic. Hector Ramón Cortés, publicado en la Revista Yuscarán, Ayer y Hoy, diciembre 2012
Fuentes: Tesis de Yuscarán por Perla Moss, Wikipedia y doña Lastenia Rodríguez de Cortés.

Abogado y Notario Roque Jacinto Rivas


Veterano Maestro, Jurista, Historiador y Humanista, don Jacinto Rivas, sobresaliente compatriota, que toda su vida la dedicó  a penetrar en conocimientos encomiables llenos de decoro; en hacer el bien y en orientar con  sanos consejos a quienes a él recurrían. Es algo importante conocer en parte su trayectoria biográfica para adentrarse en lo útil que fue cuando sus energías físicas se lo permitieron.

Nació en Yuscarán, departamento de El Paraíso, el 16 de agosto 1873, siendo hijo del matrimonio  formado por don Noé Rivas y doña Tomasa Colindres. En la época que tocó en suerte ingresar a una escuela primaria, era muy difícil, por la escases de maestros y la paupérrima situación económica que agobiaba a todo el país, pero pese a todas esas  barreras, él paso su primara en el lugar de origen.

Por algunas circunstancias, después de haber aprobado con notas sobresalientes su instrucción primaria y siempre con el deseo de superación, se trasladó a la hermana República de El Salvador, donde fue ampliamente recibido por algunos amigos suyos, y dadas sus maneras amables y cordiales, se hizo de muchísimas amistades. Decidiendo enseguida ingresar a un Colegio de esa tierra cuzcatleca. Indudablemente tenía que triunfar, honrándose en formarse de Bachiller en Ciencias y Letras y Pedagogía. Abrigándole siempre el deseo, con su espíritu inquieto y su afán de superación de El Salvador, se trasladó a la hermana República de Guatemala, donde estudió Leyes y después de rendir su examen general en la máxima casa de estudios y en ceremonia especial, le fue otorgado el hermosísimo galardón que lo acredita como Abogado y Notario.

Después de una larga ausencia de nuestro país y de su ciudad Yuscarán, regreso don Jacinto, con grandes conocimientos y con grandes experiencias para ponerlas en práctica acá en nuestro terruño. Es así como daremos a conocer algunos cargos públicos, los cuales supo desempeñarlos con capacidad, honradez y buena voluntad: Gobernador Político; Director  del Colegio de Segunda enseñanza de Yuscarán, Sub secretario y Encargado del Ministerio de Hacienda; Profesor del Instituto Nacional; Fiscal de la Corte Suprema de Justicia y de Apelaciones. Miembro de la Sociedad de Geografía e Historia de Honduras,  colaborador de la Revista del Archivo y Biblioteca  Nacional. Director de la escuela nocturna de artesanos de Yuscarán en 1897 trabajando ad honoren. Presidente de la sociedad anónima Imprenta Morazán y Director del Periódico de Yuscarán “El Eco del Paraíso”
Contrajo matrimonio con Francisca Córdova Serra Morazán, habiendo procreado entre sus hijos al licenciado Roberto Rivas Córdova, P.M. Carlos Rivas Córdova y a la honorable, doña María Luisa de Boquín.

Don Jacinto, residió en Yuscarán hasta sus últimos días, donde vivía una vida holgada. Pese a sus avanzados años, pasaba en constante lectura en su biblioteca privada. Don Jacinto fue un hombre ejemplar que honra mucho a Yuscarán y por ende a toda la nación. Murió en Yuscarán el 24 de junio de 1972 a los 99 años. Descansa junto a los restos de su esposa en el cementerio de la Familia Córdova.

Fuente consultada: Monografía de la ciudad de Yuscarán, Eliseo Romero, Año 1969.
Publicado por Lic. Hector Ramón Cortés en la Revista Yuscarán, Ayer y Hoy, Numero 4, Marzo 2013



Profesor Ramón Montoya Cerrato

Firma de Ramón Montoya C.
Museo Casa Fortín - Yuscarán
Este incansable luchador de la filas del magisterio nació en el pueblo de Jacaleapa  Departamento de El Paraíso, el 31 de agosto de 1871. Fueron sus padres don Esteban Montoya y doña Magdalena Cerrato de Montoya, originarios,  el primero de  Yuscarán y la segunda, del pueblo de Santa Lucia, departamento de Francisco Morazán.
Cuando apenas contaba con ocho años de edad la muerte le arrebató su buena madre. Poco tiempo después  de tan triste suceso su padre se trasladó con toda la familia a Danlí, donde por entonces fijó su residencia. En este último lugar continuó el niño Montoya frecuentando la escuela, con mucha irregularidad, por las dificultades que es fácil deducir, dada la falta de su madre.
              
Como el mal nunca anda solo, pocos años después de haber muerto la autora de sus días, y cuando iba a cumplir trece años de edad, murió también su padre, faltándole con esta nueva desgracia el único apoyo que le quedaba en el mundo. Huérfano entonces y sin recursos de ningún género se trasladó a Yuscarán, en 1889, donde había un Colegio de Segunda Enseñanza, dirigido atinadamente por el Profesor don J. Inocente Orellana distinguido pedagogo guatemalteco. Al principio tuvo dificultades para ingresar en el    establecimiento, ganándose la vida mientras tanto, trabajando como aprendiz de sastre.  Mas como sus deseos vehementes eran seguir una carrera literaria, insistió de nuevo logrando al fin ser admitido como alumno sirviente en el centro aludido, en el año de 1891. El Profesor Orellana lo favoreció con su cariño el cual procuró merecer, siendo atento y servicial. Se aplicó de tal manera al estudio el joven Montoya que, a pesar del tiempo que involuntariamente había perdido, alcanzó ese año un progreso notable. Un día su maestro lo llamó aparte y le dijo que el Colegio sería clausurado después de practicados los exámenes, por falta de fondos para su sostenimiento, y que él se marcharía con dirección a Guatemala; añadiendo que si él (Montoya) quería seguirlo, podía llevarlo en su compañía, propuesta generosa que al punto fue aceptada por don Ramón, lleno de júbilo y reconocimiento.

                En el mes de diciembre de 1891 hicieron el viaje de referencia, pese a no haber cursado aún toda la enseñanza primaria, logró una beca y ese mismo día se emitió el acuerdo concediéndosele una plaza como alumno becario en la Escuela Normal para que hiciera estudios de Maestro de Instrucción Primaria y Complementaria. Como no tenía la preparación suficiente pasó un año en la Complementaria, habiendo hecho en ese tiempo dos grados que le faltaban para pasar al primer curso de estudios normales. En los cuatro años siguientes  cursó y aprobó todas la asignaturas que la ley fijaba para obtener el título de Maestro de Instrucción Primeria y complementaria, lo mismo que el de Graduado en CC y LL., que por gracia  especial se le concedió, previo al examen respectivo. Esto sucedió en noviembre de 1896.

Establecimiento particular regentado por don Santiago de Guardiola, súbdito español. Un día de tantos, al pasar por el Instituto, el portero le entregó un telegrama que de Yuscarán le dirigía su antiguo maestro, el Profesor Orellana, que hacía poco tiempo había regresado a Honduras, en el que le llamaba para que viniera a colaborar con él en el Colegio de Yuscarán, abierto nuevamente. No pudiendo desoír la voz del maestro, decidió volver a su solar nativo, después de cerca de ocho años de ausencia.
 
                El 19 de mayo de 1899 llegó a Yuscarán y el día siguiente comenzó sus tareas en el Colegio, pues aunque el señor Director le manifestara su deseo de que concediera algún descanso, no quiso porque los alumnos habían perdido mucho tiempo y era preciso reponerlo cuanto antes.

                Como había escasez de profesores, el Director le encomendó la enseñanza de siete asignaturas de las más difíciles, con el carácter de profesor interno. Aceptó de buen agrado porque tenía frescos aún los conocimientos y sobre todo, se sentía con fuerzas suficientes y mucho entusiasmo y amor hacia la profesión.

                El Colegio muy pronto volvió a languidecer, siempre por la misma causa: escasez de dinero para su sostenimiento. Después de los exámenes de fin de curso, el Director, señor Orellana fue contratado para ir a Juticalpa a ponerse al frente de otro establecimiento análogo y le manifestó que su deseo era que permaneciese prestando sus servicios en el Colegio de Yuscarán, por más que para él sería de mucho gusto que lo acompañara a su nuevo destino. Siguió don Ramón en su querido terruño, actuando entonces como Director del Colegio el Licenciado don Jacinto Rivas, a quien sustituyó poco tiempo después el de igual título, don Ricardo Pineda.

                Por graves alteraciones ocurridas en la salud del Profesor Montoya, a consecuencia del exceso de trabajo, interpuso su renuncia, la que fue aceptada. En seguida desempeñó el cargo de Profesor de los niños del Licenciado don Gilberto Larios, cuya familia residía en la Hacienda Colon, en el Departamento de Choluteca. Permaneció en dicho lugar por dos períodos escolares, de 1901 a 1903.

                Muy pronto dejó de ser empleado de comercio para estar fuera de su elemento. Volvió a su misión de maestro, tomando a su cargo la enseñanza de varios niños pertenecientes a las familias principales, mediante contrato particular.

                En el año de 1905 se hizo cargo de la Dirección de la Escuela de Varones de la misma ciudad de Yuscarán, cargo que desempeñó durante los años de 1905, 1906 y 1907, hasta mediados de 1908, ya que por dificultades económicas del tesoro municipal, fue clausurada la Escuela de referencia.

                Se trasladó entonces a la capital donde encontró ocupación en la Escuela Normal de Varones. Desempeñaba en ese establecimiento el modesto cargo de Instructor Segundo cuando fue nombrado Director General de Instrucción Primaria; esto en septiembre del propio año de 1908. Estuvo en ese empleo hasta mayo de 1909 en que fue suprimida la Oficina antes dicha por razones de economía, según lo entendió el entonces Presidente de la República, General don Miguel R. Dávila.

Volvió a la Normal de Varones con el nombramiento de profesor de varias asignaturas y Secretario con funciones de Sub-Director, empleos que tuvo hasta el año de 1915 en que dejó de ser Director el inolvidable Maestro Don Pedro Nufio.

                Teniendo el señor Montoya en sus manos el título de Bachiller, resolvió seguir la carrera de Abogado, para lo cual se matriculó en la Escuela de Derecho y Notariado, el año de 1897, estudios que abandonó.

                En 1917 fue designado para la Dirección de la Escuela Normal de Varones el Doctor Don Manuel F. Barahona, quien llamó a don Ramón para que desempeñara el cargo de Profesor de Matemáticas, Ciencias Naturales  y un curso de Pedagogía. Esta tercera etapa de su labor en la Normal duró hasta el 31 de enero de 1921 ya que tuvo que dejar el país para fijar su residencia en la ciudad de Guatemala. Luego, después de haber llegado a este lugar encontró trabajo como Profesor en la Escuela Normal Central de Varones.

                Durante su permanencia en la ciudad antes dicha que, fue de ocho años, desempeñó los cargos de Profesor en las Escuelas Normales de ambos sexos e Inspector Técnico de las Escuelas Primarias y de los Colegios Privados de la capital chapina.

                Regresó al país mediante llamamiento que se le hizo, a principios de marzo de 1929, para que viniera a ocupar el puesto como  Vocal del consejo Nacional de Educación Pública. En este puesto permaneció hasta el 30 de abril de 1930. Desde esta fecha, por motivos de enfermedad, especialmente de la vista, sin duda debido al trabajo fatigoso e incesante, se ha retirado del servicio activo en la enseñanza, pero su espíritu de maestro se manifiesta en toda ocasión. Nuestra Escuela, para el caso, ha recibido su acción benefactora, obsequiándole un numeroso y magnifico lote de libros para su Biblioteca, lo mismo que varias y valiosas muestras de minerales para el pequeño museo que estamos formando. Por otra parte, con frecuencia nos visita y aún nos ayuda en nuestras labores docentes, dándonos oportunos y sabios consejos que mucho le agradecemos.

                El que esto escribe tiene algo que agradecerle eternamente a don Ramón: cuando trataba de solicitar beca para hacer sus estudios en la Normal, así como el señor Orellana le indicara el camino en caso semejante, al que había de ser después abnegado maestro, él, don Ramón Montoya Cerrato, no sólo dijo a su favorecido lo que debía hacer, sino que de su propia mano escribió la solicitud respectiva.

                Y nos cuenta, que a pesar de la difícil situación económica por que atraviesa, tiene para obsequiar a las escuelas. ¡Hechos nobles que nos dicen de un corazón generoso!
!Loor al Maestro que ha sacrificado su existencia en bien de la juventud! La Escuela “Alvaro Contreras” siente intima complacencia al rendirle este homenaje de simpatía y reconocimiento, honrándose a la vez al dar su nombre a una de sus aulas.


Martin Alvarado, Tegucigalpa, 17 de septiembre de 1933, Revista del Archivo y Biblioteca Nacionales.
Investigación y Recopilaciones Lic. Héctor Ramón Cortés Cáceres, Publicado en la Revista, Yuscarán, Ayer y Hoy.


Lucita - Luz Maria Hernandez Castro

¿Cuántas veces habrá deseado volver a nacer Luz María Hernández Castro?
La idea de gozar de nuevos sentimientos y/o de esa amarga sensaci
ón de asombro o de rechazo la torturó por mucho tiempo hasta que, con la carga de los años, ella logró la tranquilidad. Luz María ha perdido la memoria.

Luz Maria "Lucita"
Y debe ser  difícil deshacerse de los recuerdos, aunque éstos haga tanto daño como el sufrido por esta simpática ancianita de tan sólo 80 centímetros de estatura a quien los médicos calcula unos 72 años de edad, un estimado que no parece coincidir con la vitalidad que luce orgullosa frente a las escasas visitas que llegan hasta este pueblo donde ella reside. Doña Francisca, una amable matrona de 90 años que desde hace 30  se hizo cargo de cuidar a Luz, relató a LA TRIBUNA su historia allá en el interior de su acogedora casita ubicada en la punta de un cerro en medio de Yuscarán, una población de unos dos mil habitantes en  El Paraíso. 75 kilómetros al Oriente de Tegucigalpa. Así cuenta Panchita la vida de Luz María:

Hace unas siete u ocho décadas nació en Candelaria, El Salvador, una pequeña con extremas deformaciones físicas que sin esforzarse se ganó la repulsión no sólo de su familia, sino de su madre, la mujer que cuando era una infante la regaló a su abuela y se olvidó de su existencia. Luz María jamás vivió a saber de sus padres. Y la vida de aquella pequeña se convirtió en la de un “cachorrito” que pasa “regalado” de unos a otros. Cuando la generosa abuela de Luz María estaba agonizando, la regaló a su madrina con quien la niña se hizo adolescente en Santa Ana, El Salvador. Antes de cumplir los 16 años, aquella enanita tuvo un terrible accidente que la dejó fracturada y su madrina se vio obligada a ingresarla en el hospital estatal. Poco tiempo tenía la jovencita de estar interna cuando un médico abusando de su inocencia y debilidad la violo causándole terribles daños físicos y mentales. Luz María quedó embarazada, pero fue retenida en el mismo escenario de aquel inhumano acto seguramente para evitar un escándalo público, hasta que su hijo nació por una operación cesárea. Jamás se supo el nombre del padre de su vástago.


Panchita Diaz
Con su hijo en brazos, la perturbada, mujercita regresó con su caritativa madrina. En el seno de aquel lugar apenas  si pudo ver crecer a su niño antes que fuera objeto de la más angustiosa pesadilla. Luz María (ya tendría unos 20 años) se dedicaba a hacer mandados a su madrina, una sastre que había empezado a recibir con frecuencia, la visita de una pareja de “maromeros” que trabajaban en un pequeño circo que había llegado al pueblo. Una tarde, cuando la joven iba a comprar unos hilos a su madrina, fue convencida por estos “amigos” y se dejó acompañar hasta que ellos la tomaron por la fuerza y huyeron con ella.

Luz María resultaba un buen negocio en aquel tiempo. La gente pagaba por verla, sobre todo en las poblaciones del interior de El Salvador y luego de Honduras, a donde vino a parar aquel par de “payasos”. Luz María era objeto del peor trato; para aquella pareja la joven no era humana, sino un monito gracioso que les daba para vivir y comprar alcohol porque encima, los “patrones” de Luz eran ebrios.

Al cabo de muchos años, la enanita ya se había acostumbrado a esta vida cuando fue botada. Se trataba de un impulso de su “dueño” a quien ella no pudo conseguir el aguardiente que esperaba se lo diera fiado. Tanto se irritaba aquel hombre que la golpeó salvajemente hasta dejarla completamente irreconocible. Le quitaron su vestido y la cubrieron con un pedazo de manta El la creyó muerta.


Pero a Luz le quedaba aun un hilito de vida. Ella siempre había tenido la idea fija de volver con su hijo y probablemente esta ilusión le dio fuerzas para continuar con vida. Alguien que la vio tendida en la calle la hizo ver por un médico, la curaron y la trajeron a Tegucigalpa.

Panchita Díaz, una hondureña que junto a su marido se ha dedicado al negocio de los cerdos, estaba en Tegucigalpa cuando un señor que recuerda nada mas como Joaquín, la llamó y le preguntó si quería llevarse un “monito”. Doña Francisca quiso saber de qué se trataba y se encontró con Luz, para ese tiempo con 40 años de edad, aproximadamente. Cuenta doña Panchita, que cuando ella le preguntó si quería irse para Yuscarán con su familia, aquella enanita emocionada le dijo que si y la llamó mamá. De aquel día a esta fecha han transcurrido ya unos treinta años.

Luz María ha vivido en el seno de este lugar desde aquella época. Ella se dedica a hacer mandados, barre y ayuda a Panchita en los quehaceres de la casa. Cuando le preguntamos cómo se sentía,  Luz dijo a LA TRIBUNA que “muy tranquila”, que le gustaba estar allí, ir al mercado a comprar y estar con Pancha, a quien aseguró querer como a una mamá.  Con una cara sonrojada, dijo que nunca se había enamorado y que le gustaba mucho la gente. Y Luz María ha tenido su recompensa. Cuando usted venga a Yuscarán puede comprobarlo: pregúntele a cualquiera por ella porque todos le darán referencia y no sólo eso, le interrogan hasta irritarlo  hasta que les convenza de que no quiere hacerle ningún daño a esta simpática enanita a quien todos llama Lucita.

Pero hay algo que Luz María nunca borró de su mente; el recuerdo de su hijo que a estas alturas debe ser todo un hombre. Panchita dice que a pesar que ella parece sentirse bien, muchas noches la sorprende llorando y que le dice: “Hay Pancha”, es que no puedo olvidarme  de “mijo”

Para 1969, poco antes de la guerra entre Honduras y El Salvador, aquel muchacho llegó hasta Tegucigalpa siguiendo el rastro que había dejado su diminuta madre. Dice Panchita que incluso llegó hasta la casa de una de sus hijas, localizada en El Reparto, a preguntar por su mamá y que allí le indicaron que se encontraba bien en Yuscarán y le dieron la dirección. Pero para desgracia suya y de Luz, el muchacho fue uno de los primeros salvadoreños capturados por la policía y devueltos a su país cuando el conflicto llegó a agravarse. Nunca más se ha sabido de él.

Para ese tiempo también Luz María se llevó su susto. Su origen salvadoreño molestó a uno que otro poblador y la policía local intentó arrancarla de aquel hogar hondureño para deshacerse de ella. Panchita y su familia no lo permitieron y Luz siguió viviendo en esta pintoresca casita. Ella, durante su conversación, no nos habló de su hijo, pero a través de Panchita sabemos que su ausencia sigue haciendo daño a Luz María quien completaría su tranquilidad si volviera a verlo. El debe encontrarse en alguna parte de El Salvador o de Centroamérica. 

Lucita murió el 16 de agosto de 1988,  pero aun persiste en Yuscarán su recuerdo en la mente de muchos. 

Tomado de Día 7, Diario La Tribuna, del 27 de Junio de 1987. 
Recopilación e investigación  realizada por el Lic. Héctor Ramón Cortés Cáceres y publicada en la Revista Yuscaran, Ayer y Hoy, Número 2, Enero 2013



Getrudiz Reconco la madrina del General Francisco Morazan

Gertrudis Ramírez Vda. De Reconco
Doña Guadalupe sufrió un alumbramiento difícil al nacer su primogénito José Francisco, como fruto de su amor conyugal con don Eusebio, y por eso se había retardado la cristianización del nuevo discípulo de Cristo, pues hasta el 16 de octubre pudo efectuarse aquel acto religioso, habiendo aquél nacido el 3 del expresado mes del año de gracia de 1792.

Nos figuramos –mentalmente- los contornos de aquella sencilla y elocuente ceremonia de un hogar cristiano de nuestra amada Honduras, en plena era del coloniaje extraño, en que saliendo los concurrentes de la casa de don Antonio Pío Ortiz, situada en lo más céntrico de la naciente villa, para cumplir así con un precepto de la Religión Católica. Y vemos, asimismo, ese desfile por la antigua calle central que conduce a la Plaza de Armas, al rumbo oriente de la cual, se alza la arquitectura armoniosa de la esbelta Catedral que, como una joya maravillosa, puso en el corazón de la modesta aldebuja, la fé arcangélica de José Simón de Zelaya; y, de pronto traspasando el umbral del sagrado recinto, dirigiéndose la comitiva hacia el interior, se encuentra frente al Tabernáculo, con el viejo Padre Cura don Juan Francisco Márquez, que en ese instante alzaba hacia el cielo sus oraciones y se preparaba a cumplir con el elevado ministerio de ofrecer el óleo, el agua y la sal al nuevo ciudadano que iba a bautizar en aquel momento solemne que Dios había señalado.

De pronto frente a la pila bautismal que donara el Cura y Vicario Lic. Francisco Alemán, en 1643, toma en sus brazos al infante la noble matrona doña Gertrudis Ramírez Vda. De Reconco, y todos los presentes en la unciosa ceremonia, se ponen en carácter, revestidos de la reverencia que corresponde a su condición de creyentes y de buenos católicos, y principia el acto ritual que el noble Padre Márquez subraya, espiritualmente, con todo el fervor quizás, del presentimiento de que aquel niño, con el correr del tiempo, llegaría a ser el máximo representativo de su tierra y de los ideales universales de la libertad humana.

Habiendo fallecido, allá por el año de 1788, el Capitán español don Bernardo Fernández Reconco, que fue Teniente de Alcalde Mayor durante muchos años en el Partido de Texiguat, que era casado con doña Gertrudis Ramírez Bonilla fue nombrado depositario de todos los bienes raíces y muebles de aquél, don Juan Bautista Morazán, y como éste se negara por primera y segunda vez a aceptar dicho depósito, fue apremiado por Juez competente para su aceptación, tomando en cuenta su honorabilidad y ser el sujeto de mayores caudales, en su época, en el mineral de San José de Yuscarán.

En 1790 se suscitó un ruidoso litigio promovido por la viuda del Capitán Reconco, reclamándole a fuertes pérdidas al señor Morazán, ocurridas, decía ella, en las haciendas, minas y casas de su difundo esposo; y, para su defensa, nombró don Juan Bautista, como su apoderado a don Benito Alemán, y se siguieron los trámites de ley, designándose un Juez comisionado para ventilar las diligencias en Yuscarán, recayendo tal nombramiento en don Fernando José de Avilés, y en las cuales declararon a favor del señor Morazán varios testigos, entre ellos, don Felipe Borjas, y de conformidad en el cuestionario presentado por el señor Morazán.

Es interesante la lectura de los escritos que se conocen acerca de este célebre asunto judicial, pues hay que tomar en cuenta que se trataba de propiedades valiosas que fueron estimadas en la cantidad de $ 83,814 pesos que en aquellos tiempos, se consideraba en el país como un enorme capital.

Y para el año del fallecimiento de don Juan Bautista Morazán, ocurrido en Yuscarán, a principios de 1792, las partes litigantes habían llegado a un feliz entendimiento, lo que se comprueba evidentemente en el hecho de haber sido doña Gertrudis Ramírez Vda. De Reconco, la madrina del nieto legitimo de don Juan Bautista Morazán.

Doña Gertrudis Ramírez Bonilla Vda. de Reconco, llevaba el mismo nombre de doña Gertrudis Alemán, la primera esposa de don Juan Bautista Morazán, o sea  la abuela paterna del General Francisco Morazán, y la cual fue hija legitima del Coronel español don Diego Ramírez y de la esposa de éste, doña Ana María Bonilla, con quien también procreó a don Miguel y a don Juan Francisco Ramírez, que fueron sacerdotes y ejercieron su ministerio respectivamente en Comayagua y en Guadalajara (México).

El Coronel Ramírez, que fue “vecino de este lugar, hombre de toda distinción” (como se lee en la nómina de los principales vecinos del Real de Minas de Tegucigalpa, hecha el año de 1762), cuando aquél ya había fallecido, fue casado en primeras nupcias con doña Ignacia de Herrera Casco Beltrán, dama de toda distinción por sus ascendentes venidos entre los conquistadores y colonizadores españoles, y tuvo con ella, entre otros hijos, a don Manuel Ramírez, que gozó del empleo de Teniente de Caballería de los reales ejércitos. Doña Gertrudis Ramírez, procreó con su esposo un hijo llamado Lucas Reconco Ramírez, y falleció en esta población el año de 1809 siendo sepultado en el Convento de la Merced.

Y, así termina este sencillo relato, como los cuentos clásicos en que, los protagonistas o sus descendentes, al parecer irreconciliables, terminan sus desavenencias terrenales, dándose un abrazo fraternal, frente a la Gracia Suprema de Dios.

Escrito por  Justo Pérez, Tegucigalpa, D.C., 16 de octubre de 1944, Publcado en la Revista Yuscarán, Ayer y Hoy por el Lic. Hector Ramón Cortés, Número 1, Diciembre 2012
Fuente: Revista del Archivo y Biblioteca Nacional, 14ava Edición.






Profesor Juan Raudales Portillo

El profesor Juan Raudales Portillo, nació en la ciudad de Yuscarán, el 26 de agosto de 1871. Fueron sus padres don Albino Raudales y doña Luisa Portillo de Raudales. Hizo sus estudios primarios en la misma ciudad de origen, bajo la dirección de maestros empíricos, cuando se usaban medidas disciplinarias como el encierro, la palmeta y el chilillo; cuando la enseñanza era limitada y rutinaria. Esta escuela tuvo un cambio de frente con la presencia en ella del profesor salvadoreño don José Antonio Ciudad-Real, el primero que enseñara en Honduras Lecciones Sobre Objetos y Calistenia. Fue entonces  cuando se vieron en aquella ciudad los primeros destellos de una nueva Escuela, dando atractivo a la enseñanza, haciéndola amena y agradable. En esta escuela ganó el Prof. Raudales P. el Tercer Grado Elemental.

No había terminado la escuela del maestro Ciudad-Real, cuando vinieron los notables educacionistas guatemaltecos don Clemente y don Víctor Chavarría y don José Inocente Orellana, quienes organizaron en mejores condiciones la Escuela Elemental y Superior, el Colegio de Segunda enseñanza y una Sección Normal, en la misma ciudad de Yuscarán, allá por los años de 1884 y 1891.

El joven Raudales Portillo cursó en la Normal los estudios de Magisterio y los de Cuarto Curso de Bachillerato, en los que supo distinguirse por su dedicación y amor a ellos. Tuvo como compañeros de estudio a los hoy doctores don Silverio Laínez, don Ricardo Pineda, don Jacinto R. Rivas, al profesor don Juan Espinoza y a otros, que como el Prof. Raudales P. que han sabido distinguirse en sus profesiones y en las diversas actividades a que da lugar la lucha por la vida.

Dejó el Prof. Raudales P. sus estudios por causas ajenas a su voluntad y pasó a la ciudad de Tegucigalpa el año de 1891, donde trabajó al lado del nunca bien recordado Maestro Nufio quien era entonces Director de la Escuela de Artes y Oficios y creemos sin duda alguna, fue el primer organizador de dicho Centro de habilidades manuales y mecánicas y mi biografiado desempeñaba las funciones de Inspector General y a veces como Sub-Director del Plante aludido.

En esa época tenía el Prof. Raudales Portillo, veinte años. A pesar de tan corta edad, supo darse a respetar por el carácter recto, su don de mando y su espíritu de seriedad, cualidades éstas, que a golpe de vista lo hacen parecer como antipático, concepto que se cambia repentinamente cuando se trata al hombre, al amigo, al caballero, al Maestro; se capta simpatías, afectos, razón por la cual siempre contó con el cariño del Maestro Nufio y de cuantos lo tratan.

Por eso el Prof. Raudales P., se ha enorgullecido y se enorgullece de haber atendió en su escuela y haberles preparado para sus estudios posteriores a hombres de la talla de los doctores don Paulino Valladares, cuya labor como periodista es conocida más allá de las fronteras patrias; Camilo Figueroa, médico de reconocida capacidad; Ramón Valladares, otro excelente facultativo con que contamos; Cecilio López Ponce, galeno muy acertado; a los ingenieros Manuel y Mónico Zelaya; a los profesores: Manuel Morazán, que en el curso de su profesión, ha hecho y hace labor meritísima; entre otros.

En 1908, fue electo Diputado Suplente a la Constituyente; reelecto después para el Congreso ordinario siguiente y en 1911, fue nuevamente electo Diputado Propietario. Habiendo sometido el Poder Ejecutivo un proyecto de reformas al Código de Instrucción Pública, en 1912, pasó al estudio de la Comisión respectiva la que al emitir dictamen, introdujo modificaciones; y el entonces Diputado Raudales P., no estando de acuerdo con ambas proposiciones, echó abajo el proyecto del Ejecutivo y modificó el de la Comisión en su mayor parte, por no decir en todo, lo que a estudios elementales se refería. Así, pues, propuso el Plan de Estudios que quedó en categorías, y propuso también la adición de un inciso al artículo del Código, estableciendo las prerrogativas de que gozan actualmente los Maestros de Educación Primaria.

En 1930, volvió nuevamente a ser electo. Diputado Propietario, y al ocupar su puesto como tal diputado, tuvo siempre fijos sus anhelos en el porvenir de la Patria y en la de la Educación Popular, pues es de ésta amigo incondicional: y aunque lejos ya de tan nobilísima profesión, no pierde oportunidad de aconsejar bien a la juventud de la que también es amigo incondicional.

Entrando ya en años, contrajo matrimonio con la distinguida Elisa Fortín y sin vástagos sucesores, pasa a los años de su vejez, un tanto atormentada por pertinaz enfermedad, dedicado al comercio, rodeado por el tibio también del hogar, acariciado por el amor de su solicita compañera y añorando los días en que, confundido con los niños, se creyó el niño también…

Modelo como hijo y como hermano; como amigo, fino, caballeroso; como empleado público, recto, ecuánime, enmarcado en los cánones de la ley, la justicia y la honradez; fiel cumplidor de sus obligaciones como ciudadano; respetuoso al derecho ajeno; de vida austera, sin vicios de ninguna clase. Tengo la firme creencia que cuando este hombre sea herido por la Parca, se retirará del escenario de la vida, con su conciencia tranquila, por haber sido honrado y bueno y por haber cumplido su deber. Camilo Zelaya C., Guinope, 26 de agosto de 1939.
Por Hector Ramón Cortés C., publicado en la Revista Yuscaran Ayer y Hoy, Número 1, Diciembre 2012
Fuente: Revista  del Archivo y Biblioteca Nacional, Vol. No 8, año 1941

El poeta Froylán Turcios en Yuscarán


En febrero de 1903 se dio la toma de Danlí, realizada por el general Miguel R. Dávila, en esta toma lo acompañaba el poeta Froylán Turcios, después de 30 horas de combate con bajas para ambos bandos, el coronel Teófilo Cárcamo, encabezó un contingente de jóvenes enemigos del régimen, quienes rompiendo las puertas de la iglesia lograron derrotar a los gobiernistas.


La siguiente anécdota fue escrita por el mismo Froylán Turcios y recogida en el libro Memorias y Apuntes de viaje de Froylán Turcios, lo relatado sucede después del combate de Danlí y la toma de Yuscarán en 1903, la anécdota dice así:

En una de aquellas clarísimas y tibias mañanas de marzo en Yuscarán fui a bañarme al río, cerca del sitio en que aun se ven algunas casas en ruinas, antiguas residencias de los ricos mineros. Dentro del agua, fresca y gratísima, gozaba de uno de los placeres que más me deleitan. Sentíame pleno de salud, alegre, optimista, en aptitud de realizar cualquier acto extraordinario. Miraba la metálica  limpidez del firmamento, por el que vagaban grandes nubes de encendida plata, con esa emoción de eterno soñador de imposibles quimeras.

A pocos pasos unas campesinas atravesaban la corriente con las ropas arremangadas hasta las caderas. La última era muy mocita, muy guapa, a quien saludé levantando los brazos como si deseara abrazarla. Volvióse hacia mí  y en su inconsciente movimiento me mostró durante unos segundos…  Deslumbrado, sentí correr por mis venas un fuego devorador. Mi cabeza ardía y mi corazón saltaba enardecido. Al salir del agua, en la margen opuesta del río, la muchacha, con la mano en alto, me hizo un llamamiento. Perdí entonces la serenidad que aun me quedaba. En dos saltos estuve junto a mi ropa. Vestime rápidamente, me lancé sobre el caballo, y corrí tras la mozuela.

¿Cómo intentaría satisfacer mi deseo? Propiamente lo ignoraba, Ella no iba sola. Lo que sí sabía  era que estaba resuelto a hacer algo inaudito para estrecharla en mis brazos. Pero a lo largo del camino tras de atravesar el río, no se veía a nadie, Interrogué a un hombre que se hallaba en la puerta de una choza. -esas Mujeres van para Santa Cruz (no tengo certeza de este nombre) y subieron por esa rocas para ahorrar un kilometro.

Miré el sitio señalado: una enorme piedra con estrecha gradería que daba acrobático acceso a la montaña. -Por ahí es imposible subir montado y aún a pie es muy difícil no teniendo costumbre de hacerlo. Si va a Santa Cruz dé la vuelta al cerro. Al Buen paso tardará media hora.
Un ímpetu de súbita audacia violentó mis sentidos con tan ciega potencia que, clavando con furia las escuelas al caballo y golpeándole las ancas con el chicote, lo precipité por aquella empinada escalera. Pero inútilmente.

-Se mata, señor, se mata –gritaban de una casa vecina. No atendí razones, y atormentando al brioso animal, le hostigué de tal modo que, veloz como una flecha, subió hasta lo más alto de la roca.

I oyendo las exclamaciones de asombro que se elevaban del camino corrí hasta alcanzar a las mujeres. Al verme llegar en forma tan arrebatada, la doncella, temerosa, comprendiendo mi deseo, se refugió tras de las otras. I este simple acto bastó para que la fría razón se impusiera sobre el vértigo de mi instinto. Arrendé hacia atrás el caballo, regresando al lugar por donde subí. Ya en el extremo contrario del ardiente anhelo que me impelió hacia arriba, con perfecta conciencia del peligro, pero amargado, por la decepción, lancé al sudoroso bruto a lo largo de la piedra rodando por el sendero. En pocos segundos levantóse resoplando, y yo aferrado a sus crines, lo obligué a emprender una carrera frenética hacia la ciudad, entre la sorpresa de los aldeanos testigos de mi quijotesca aventura. **Aclaración: Se incluye el español original de esa época.

¡Cuántos vividos episodios podría relatar de aquellos dos meses y medio de guerra! Monterroso, nacido para el mando, disciplinó las energías de los tres jóvenes generales de nuestro ejército, Ferrari, Marín y Williams. Combates y escaramuzas, entre aquéllos el de Yuscarán, las de San Lucas y El Hatillo, en donde violando el armisticio, fuimos atacados una madrugada mientras dormíamos. David ratificó, una vez más, su audaz bravura, deteniendo en un desfiladero, con sólo veinticinco hombres, a más de quinientos dirigidos por el varias veces nombrado general Salamanca. Allí cayó gravemente herido un joven artillero ecuatoriano, que hizo en Alemania sus estudios y que pertenecía a una distinguida familia de Guayaquil. Se unió a nosotros en Managua, dejándonos un recuerdo heróico. Fue arrojado sobre un ocote encendido cuando aun agonizaba, entre las soeces injurias de la soldadesca, que nuestras provocaciones de El Picacho, en la tarde anterior, exacerbaron hasta el más feroz salvajismo. De aquella altura nos retirábamos a Yuscarán, en cumplimiento de una orden telegráfica del general Bonilla, cuando las tropas de Dávila intentaron aniquilarnos con un ataque traicionero. Por cierto que en aquellos minutos trágicos, en que los tiros resonaban como cañonazos por la singular topografía y en que vibraba el suelo con las múltiples descargas, vi palidecer y temblar a hombres que eran citados como valientes entre los valientes. Pocas semanas después entraba nuestro ejército en Tegucigalpa entre las aclamaciones del pueblo.

Nació el 7 de julio de 1874 en la ciudad de Juticalpa, departamento de Olancho y   muere en San José, Costa Rica el 19 de noviembre de 1943. Fue un poeta, narrador, editor, antólogo y periodista hondureño que junto a Juan Ramón Molina fue el intelectual de Honduras más importante de principios del siglo XX. Nacido como José Froylán De Jesús Turcios,  fue Ministro de Gobernación, diputado del congreso nacional, y delegado de Honduras ante la Sociedad de Naciones de Ginebra, Suiza. Dirigió el diario El Tiempo de Tegucigalpa y fundó varias revistas.

En el plano personal y literario fue amigo del poeta nicaragüense Rubén Darío y secretario privado del General Augusto Cesar Sandino.
Escribió entre muchas obras la composición Yuscarán, Ciudad Mágica que comparto con ustedes.

Yuscarán Ciudad Mágica, Por Froylan Turcios 
¡Yuscarán, ciudad legendaria de amores y de sueños, adormida al pie del formidable Monserrat, que eleva audazmente en los aires sus vastas columnas de piedra! En un pálido crepúsculo de otro vuelvo a verte, y siento florecer en mi alma una profunda canción al rumor de tus aguas, bajo tu cielo cerúleo y entre la fragancia balsámica de tus brisas.

Evoco al mirarte, en tu suave placidez interior de las medias noches, las ruidosas metrópolis españolas llenas de fantasmas. Cruzando por tu recinto, pienso en Toledo, con sus angostas calles, sus altas casas y su aire íntimo de fabuloso ensueño. Sólo faltan, para que el hondo recuerdo fulgure en toda su plenitud, las rojas macetas de geranios en las ventanas y los risueños rostros de las muchachas entre el mágico sol de las primaveras.

!Pintoresca Sultana de Oriente, que resplandeces en tu gracia seductora!
¡Salve a ti por las manos amigas que me saludaron al llegar! ¡Salve por tu lindas mujeres que como lirios refulgen en tu jardín encantado!

¡Caigan mis palabras como lluvias de rosas sobre las fértiles cabelleras de tus vírgenes! ¡Feliz de mí si la más grácil y dulce recoge una en su tímida mano y la prende en su corpiño!


Recopilaciones Lic. Hector Ramón Cortés en la Revista Yuscarán, Ayer y Hoy, Numero 5, Abril 2013
Fuentes: Libro Memorias y apuntes de viaje de Froylán Turcios, Secretaría de Cultura, Artes y Deportes, Páginas 212-214,  Diario La Tribuna, 13 de julio de 2009 y Eliseo Romero, Monografía de la Ciudad de Yuscarán, año 1969.